• Diego Ruano

La mentira del esfuerzo


El otro día leí en un tuit unas declaraciones atribuidas al entrenador Juanma Lillo en las que decía "Hemos sobrevalorado el esfuerzo. Los jugadores se han acomodado en un lugar, el del esfuerzo, donde saben que no van a ser criticados. Por eso no se cuestiona el juego, sino el esfuerzo". Creo que tiene razón. Muchas veces justificamos el no alcanzar unos determinados resultados, ya sean deportivos, laborales o académicos, con el esfuerzo realizado para su consecución. Lo da todo en los entrenamientos y en los partidos. Es quien más interés y más comprometido está, pero no cumple con las cuotas. Ha estudiado mucho, no entiendo como puede haber suspendido.


La potencia sin control no sirve de nada


Valoramos lo que podemos observar, el esfuerzo, muchas veces utilizando la medida de tiempo para ponderarlo. Horas de estudio, de trabajo, de entrenamiento. O por la cantidad de tareas que realizamos en ese tiempo. Ahora bien, ¿qué calidad tiene ese esfuerzo?¿Está el tiempo que empleamos optimizado? ¿Dónde nos lleva ese esfuerzo?


De nada sirve ir de un lado a otro visitando clientes si no obtienes un mínimo de ventas. O pasarte la noche estudiando si no eres de capaz de hacer un ejercicio razonado en base a lo estudiado. O acabar rendido al final del entrenamiento si no adquieres nuevas destrezas o perfeccionas las que posees. Al final el esfuerzo sólo sirve para quedarte en tu "zona de confort" dándote una palmadita en la espalda y diciéndote "lo has dado todo". No, no es suficiente, porque no has avanzado.


Esfuérzate con método


Está bien (muy bien) que a determinadas edades primemos el esfuerzo al resultado. El esfuerzo además de un valor puede convertirse en un hábito. Un hábito que nos ha de ayudar posteriormente a conseguir objetivos. Pero es insuficiente, lejos del querer es poder, si no es un hábito consistente y no está bien dirigido.


Dejando aparte los elementos que no puedes controlar y que pueden determinar que consigas, o no, tus objetivos, el esfuerzo es fundamental, no te equivoques. Para superarte a tí mismo y a tus rivales (deportivos, competencia laboral, ...) has de dar el máximo posible en cada momento. Ojo, has de dar el máximo posible, cuando te sea posible, mientras te sea posible. Nadie puede dar el 100% durante todo el tiempo ni en todo momento. Por ello has de esforzarte con método.


En primer lugar ten claro el objetivo hacia el que vas a dirigir tu esfuerzo. No tiene por qué gustarte o motivarte, pero muchas veces es un peaje para seguir avanzando hacia objetivos mayores. Ten claro para qué quieres conseguirlo. Qué punto más allá de tu límite quieres o necesitas alcanzar.


Analiza el esfuerzo que estás haciendo, por qué no te está dando resultado, dónde hay fugas de esfuerzo innecesario que te hacen perder tiempo o energía.


Establece qué hábitos tienes o necesitas adquirir para realizar las tareas que te llevan a conseguir tu objetivo. Elimina aquellos que no necesitas hacer y que suponen un esfuerzo superfluo.


Puede que a pesar de tener establecida una estrategia y de seguir esforzándote mucho aún no consigas los objetivos que te has marcado. Busca ayuda, no pasa nada. Ya puede ser de tu entorno o un profesional, alguien que te ayude a reevaluarlo todo y trazar nuevas estrategias. O nuevos objetivos.


Ten en cuenta los factores externos que pueden influir en que consigas o no tus metas. Ni te pueden servir de excusa (el típico es que me tienen manía), ni los puedes obviar, porque centrar la responsabilidad exclusivamente en tu capacidad o esfuerzo, ni es sano, ni es real.


Esfuérzate para no esforzarte.


Conseguir integrar el esfuerzo como una cualidad, valor, o hábito sólo tiene como resultado que se convierta en algo natural. Que afrontar cada nuevo reto laboral, deportivo o académico suponga un estímulo, y que ponernos en movimiento no nos suponga, paradójicamente, un esfuerzo.


El esfuerzo es importante, pero dónde y cuándo aplicarlo aún más.


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